martes, 23 de junio de 2015

Actualidad



LOS NUEVOS MOTIVOS
DEL LOBO

Amigos:

En las famosas Florecillas de San Francisco, el santo relata el caso del lobo de Gubbio; esto es de la ciudad italiana sita en la actual provincia de Perugia. Según el relato,el animal era un depredador al que sólo sosegó la intervención taumatúrgica del varón de Asís.

El tema fue abordado literariamente por diversos artistas, siendo una de las composiciones más famosas al respecto, el vigoroso poema “Los motivos del lobo”, escrito por Rubén Darío, y publicado en 1913. Hay un sinfín de ediciones gráficas y recitadas, y el interesado podrá consultar,por ejemplo, la siguiente versión digital:  http://www.poemas-del-alma.com/los-motivos-del-lobo.htm

En estos días de junio de 2015 pidieron mi cooperación para publicar una antología de textos críticos sobre el Pontificado de Francisco. Dicho texto saldrá, Dios mediante, en la tercera semana de julio, bajo el título: Francisco: la amenaza del sincretismo.

Tras terminar de ofrecer mi ayuda bibliográfica, me venía a la mente, una y repetidas veces, el notable poema de Rubén Darío. Y a la par, algunas aventuras satírico-trágicas del Padre Castellani cuando traducía o acomodaba a su gusto un poema. Y hasta memoré la Antología Apócrifa de Conrado Nalé Roxlo,llena de humor y de lirismo.

Animado por estos precedentes, y consciente de que es aconsejable imitar lo bueno, aunque con las inevitables e insalvables distancias que tal imitación suponen en mi caso, escribí la siguiente versión de Los motivos del lobo del precitado Darío. He hecho el intento de respetar la métrica,el ritmo,el lenguaje y el tono. Sólo reduje su extensión para no agobiar al lector.

Va con un par de salvedades, por las dudas. La primera, para los mojigatos: no está abolido y nos es lícito practicar el castigat ridendo mores.La segunda para los prosaicos de todas las internas eclesiales:no se puede leer un poema como quien lee la Summa. Por eso el Aquinate, además de su portentosa manualística racional nos regaló su poemario eucarístico.

Antonio Caponnetto


LOS NUEVOS MOTIVOS DEL LOBO 

El pastor que cuida de un inmenso aprisco,
pleno de ternura, de olor rebañal,
el humilde argento, el Papa Francisco
está con un fiero y extinto animal.

Peor que aquellos canes de la policía
que hincaban sus fauces en el criminal,
el lobo de Trento que al infiel rugía
celoso ha asolado las calles de Roma
reclamando el Credo,latines, sotana,
aullando a los gritos, que incluso una coma
pedía San Mateo que fuese cristiana.

Duros cancerberos de la Nostra Aetate
fueron engullidos.En crueles dentadas
tragábase frailes, nuncios y un abate
que diera herejías por  normas sentadas.

Francisco salió,
al lobo buscó
en las catacumbas.
Lo halló de rodillas al pie de las tumbas
de mártires, santos,insignes caídos.
Viendo la amenaza le habló a los oídos,
sandwich en la mano
al salvaje ofrece: una silla, hermano
lobo. El preconciliar
oyó un verbo nuevo: misericordiar;
 ya no levantisco
cesó el agresivo rezo del rosario
y dijo: está bien, fratello Francisco.

¡¿Cómo?!, dijo el Papa, ¿eres reaccionario,
restauracionista,
cara-vinagrista,
un príncipe acaso de la Iglesia regia
que se cree egregia.
De las periferias temor y temblor,
del maestro Kasper eres desertor,
sigues empeñado con el Vetus Ordo,
vienes de Nicea,
quién te ha convencido que hay que dar pelea
al hereje a bordo?

Algún tiempo el lobo dejó sus desdoros
sin juzgar manfloros.
Amaba a gurúes,imanes,deicidas
y al besar a todos dando bienvenidas
aprendió a hacer lío, a ahorrar combustible,
supo que ni Cristo fue tan infalible,
puesto que aquel cuento de peces y panes,
no lo creen Tucho Fernández ni Manes.


Un día Francisco fue a la sinagoga,
y el lobo sin riñas, sin cepos ni soga
se encolerizó,llegó a Santa Marta
y en feraz embiste a todos aparta.
Corrió a los masones, los pentecostales,
los mil fariseos infestos de males,
los ecumenistas de saber hediondo
y mordió las tabas de Sanchez Sorondo.
De nada servían los buenos modales
pues el cavernario
no retrocedía de furia jamás,
era un emisario:
la espada de Pablo, la luz de Tomás.


Jorge Mario entonces se puso severo.
Volvió a Santa Marta
a retar al lobo por camandulero.
Lo halló y de ternezas por poco lo ensarta.
¡En nombre de Gea, la tierra divina
conmínote, digo,a no usar naftalina.
No sabes acaso que el hermano piojo,
la hermana polilla…!
Lo interrumpe brusco el lobo y un ojo
le clava en la cara cual punzante abrojo:

¡Ay Papa Francisco!,cuida tu mejilla,
no me llamo Kiko ni Skorka o Cristina
no me doy la paz,
heredé del Tata esta carabina
y soy montaráz.
Me eduqué en la escuela de fiel obediencia
y si te hice caso por no ser audaz,
hoy el Catecismo y la Sacra Ciencia
me indican el riesgo de ser tu secuaz.

¡Ay Papa Francisco! Te apartaste mucho
de las tradiciones y la Ceremonia
central de la Fe,
del misterio expuesto allá en Calcedonia
piensas que ya fue.
No nos canonices a felones rojos,
nunca de insensatos tengas el tupé
que no te bendigan herejes,de hinojos.


Palos me da el mundo si amo a Cristo Rey,
ese mundo que unges con sus embelecos,
el de tus obispos, más necios que un buey
casi tan hebreos que kipá con flecos.
No soporto el vicio de estos recovecos
vaticanos. Ni soporto aquí
la guaranguería junto al plebeyismo,
la Evangelii gaudium, la Laudato si.

Déjame en el templo, el caliz y el solio,
déjame el breviario, el coro,el altar
vuelto hacia el Oriente, hermano Bergoglio
déjanos del monje saber contemplar.


El lobo de Trento no dijo más nada.
Como un hesicasta bajó su celada
de paz silenciosa, de cielo y de luz.
Rezó cual si fuera la última odisea
Rezó con los fieles de Laodicea:
No tardes, Dios mío. ¡Ven Señor Jesús!

Antonio Caponnetto

viernes, 5 de junio de 2015

Desagravio



A 60 AÑOS DE LA
QUEMA DE LAS IGLESIAS

Por Antonio Caponnetto

“En lo alto la mirada
luchemos por la patria redimida”



La noche del 16 de junio de 1955, varios templos porteños fueron incendiados y profanados, amén del Palacio Arzobispal, Santo Domingo y San Francisco, la Capilla de San Roque, San Ignacio, La Merced, San Miguel Arcángel, La Piedad, Nuestra Señora de las Victorias, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, San Nicolás de Bari, San Juan Bautista, y la misma Catedral Primada.

“Noche de la Pasión de Jesús en Buenos Aires”, fue llamada aquélla. Noche trágica del sacrilegio, de la blasfemia, de la destrucción y del pecado.

Junto a la Eucaristía pisoteada, los sagrarios rotos, los altares mancillados, los cálices ultrajados, las imágenes sacras deshechas y vejadas, no pocas reliquias patrias sufrieron el mismo y endemoniado castigo. Desde las tumbas de los héroes hasta las banderas nacionales y los trofeos de guerra.

Perón y su gobierno; Perón y sus secuaces, por acción y omisión, fueron los responsables directos de esta grave iniquidad, corolario maldito de una política anticatólica explícitamente alimentada por la masonería.

Política anticatólica, antinacional y masónica –quede en claro– que continuaron con las mismas culpas quienes desde 1956 se adueñaron de la caída del peronismo. A nosotros no nos engañan ni los “nacionales y populares” ni los “libertadores”. Detrás de los dos bandos asoma el mismo amo.

Pocos, lo presentimos con dolor, querrán recordar los 60 años de aquella jornada odiosa y envilecedora. Pocos querrán tener frente al aniversario un gesto expiatorio, devocional y orante. Pocos querrán dejar siquiera un cirio ante el Santísimo, en señal de desagravio, u ofreciéndose penitencialmente al pie de las imágenes de Nuestra Señora.

Tal vez callen los prelados, enmudezcan los templos, y queden amnésicos algunos o muchos de quienes fueron entonces protagonistas del drama. Tal vez no –y lo deseamos– si el Espíritu Santo sostiene con sus dones a quienes están obligados a hablar. Empezando por el Papa que, como argentino, debería pronunciar al respecto una palabra justa y veraz, en vez de recibir complacientemente a los herederos de los incendiarios.

Sea como fuere, nosotros recordaremos y rezaremos con renovada fidelidad a Jesucristo. Y hemos de pedirle al Dios de los Ejércitos que nos conserve la lucidez para comprender y el coraje para resistir. Comprender que los ataques a la Iglesia no han cesado. Las llamas y los destructores del presente son tan dañinos como aquel fuego que carbonizó las estatuas y convirtió en cenizas los misales y los atriles.

Los saqueadores de hoy –herederos ideológicos y partidarios de los de ayer– hacen de la Iglesia el blanco predilecto de sus insidias y persecuciones. Esta vez, para mayor penuria, con la indiferencia y la docilidad de la misma jerarquía eclesiástica. Resistir, entonces, sigue siendo la consigna, librando el buen combate que nos pidiera el Apóstol una vez y para siempre.

A quienes la noche del 16 de junio de 1955 se contaron entre los bienaventurados que fueron perseguidos por causa de su amor a la Cruz, y están vivos para atestiguarlo. A sus descendientes memoriosos y leales. A los católicos argentinos todos, convocamos a visitar simbólicamente, como en el ejercicio cuaresmal del Jueves Santo, algunos de aquellos históricos templos otrora escarnecidos. Dentro o fuera de los mismos, según las circunstancias, elevaremos nuestras plegarias.

Será un acto de merecida reparación, pero será también un juramento. La promesa invicta e intacta, después de seis décadas, de que la mirada está puesta en lo Alto y la voz de la esperanza amanecida.

¡CRISTO VENCE!

16 de junio, 18 hs.

Salida: San Miguel Arcángel, Bartolomé Mitre 886.

Llegada: Santo Domingo, Belgrano 422.

Se agradece difundir

jueves, 30 de abril de 2015

Editorial del número 112



LA NECESIDAD DE UN JUICIO CATÓLICO

Ha sido noticia en estos días de mediados de abril, la carta que un periodista le mandó al Papa Francisco quejándose de la nueva y condescendiente recepción que le tendría preparada en Roma a Cristina Kirchner. La misiva no decía sino lo obvio, y por eso mismo no reclama mayor detenimiento ni ponderación. Y lo obvio, claro, es que no puede resultar edificante para la salud de la nación constatar, una vez más, la encumbrada aquiescencia eclesial hacia una de las figuras más corruptas y degradadas de la vida pública argentina.
  
Maestro consumado en el milenario artilugio vaticano de fugarse por la tangente, el destinatario de la epístola elogió su modo suave, su envase conciliador y su manso cuanto democrático estilo; pero ni una palabra quedó dicha sobre la gravísima e ineludible cuestión de fondo. Y maestro consumado al fin en todas las defecciones, el aparato periodístico argentino y el universo ideológico entero, al unísono, no hicieron otra cosa más que elogiar boquiabiertos la humildad del Padre Jorge.  El uno y los otros acabaron como debían, funcionales al mantenimiento del sistema.  Porque si es un pecado usar lo sacro —o lo que es tenido por tal en términos generales— para sostener lo más vilmente profano que se conozca; también puede constituir un pecado prestarse al juego del uso y de las adulaciones recíprocas.
  
El episodio, por lo mismo, interpela a la genuina conciencia católica; y si algún servicio pudiera prestar su desenlace es que los bautizados de a pie se pregunten, de una vez por todas, qué espera la Jerarquía de la Iglesia para definirse virilmente frente al horribilísimo estado de putrefacción política que estamos presenciando.
  
Si esos católicos de a pie —nosotros, los primeros— se contestaran que no cabe esperar definiciones viriles de quienes han perdido el noble oficio de definir y de ser varones, deberían entonces trasladarse la pregunta a ellos mismos.  No para que la responda cualquiera, al modo de un remozado y trágico libre examen, sino para escuchar la voz perenne de los maestros.
  
En 1937, el inolvidable Padre Julio Meinvielle editaba un opúsculo titulado “Un juicio católico sobre los problemas nuevos de la política”.  En rigor, lo primero que se advierte al leerlo, es que no hay propiamente una dificultad novedosa, sino lo viejo y cansino bajo el sol.  Pero que, novedosa o antañona, esa problematicidad exige un juicio católico que la dilucide y permita obrar en consecuencia.
  
Meinvielle, si se nos permite la síntesis para trasladarla al presente, desdobla ese juicio en un aspecto teórico y en otro práctico.  El práctico es que, dado que al mal del liberalismo “hay que añadir la democratización de la función pública [...], el sufragio universal en sus escuelas de comité es el instrumento para que pueda escalar al poder la casta de los que viven de la política”.
  
Abóquense, pues, al electoralismo, quienes quieran medrar de la catástrofe patria.  Es toda de ellos la puja de partidos, los recuentos de votos, las bocas de urnas, las boletas ajadas, los candidatos cortados con la misma tijera del régimen abyecto. Quienes se sientan libres de incurrir en este probado callejón sin salida, no tienen la opción del abstencionismo sino la obligación de dar batalla.
  
El aspecto teórico del juicio es más valioso, si cabe; puesto que la contemplación ha de tener siempre la primacía sobre el obrar.  Meinvielle nos plantea la opción de la lucha, como quedara dicho.  Mas “lo tremendo de esta lucha —nos dice— es su carácter metafísico: se traba en las entrañas mismas del ser”. O elegimos el individualismo egoista de pertenecer a nosotros mismos; o elegimos pertenecer al Anticristo; o elegimos someternos a la Ley de Cristo, bregando y actuando por el orden social cristiano.
  
No tenemos el poder del mundo, pero poseemos algo más valioso: las entrañas mismas de nuestro ser. Las propias; esto es, la de quienes queremos seguir siendo católicos; y la de las legiones incontables de santos y de mártires que nos han precedido.  Esas entrañas están inmunes a los pinzamientos homicidas de apóstatas, heresiarcas o vulgares felones. Porque laten de amor por Jesucristo Rey y por la Patria Argentina.
  
Antonio Caponnetto