lunes, 21 de abril de 2014

Poesía que promete


RESURRECCIÓN

“ Y tembló la tierra y se hendieron las piedras. Y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían muerto, resucitaron.Y saliendo del sepulcro después de la resurreccion de Cristo, vinieron a la santa ciudad y aparecieron a muchos”
Mateo, XXVII,51-56

Su grande voz ,refiere la Escritura,
clamó al Padre sintiendo el desamparo.
Después la sombra que se vuelve faro,
cirio su muerte, lumbre la tortura.

Todavía la caña con vinagre
conservaba el dolor del labio herido.
Todavía la cruz,tinta de almagre
se izaba como un pájaro partido.

Sin embargo la tierra se hace huerto
con un temblor unánime en sus pliegos,
y las rocas crepitan entre ruegos
para afirmar que Dios era aquel muerto.

Se sumó el Templo al cósmico vestigio
rasgando el velo desde lo alto abajo,
un ángel cinceló el enorme tajo,
la Promesa ganaba su litigio.

Faltaba esclarecer el grito hebreo:
¡Salvó a otros y a sí no ha de salvarse!
Su vida y la de muchos se resarce
en la resurreción del jubileo.

¿Quiénes fueron los santos que salieron
de sus tumbas, quebrada la agonía,
los que en las casas, la ciudad veía
como antiguos y amados forasteros?

¿Eran según Ignacio de Antioquía
los profetas del Viejo Testamento?
¿Eran Abel,Enoc, o el macilento
Melquisedec a quien Abraham oía?

Callan Remigio, Hilario y el de Hipona
la identidad exacta de esos justos,
baste saber que fueron los augustos
testigos de la Vida que se dona.

Los quisiera,Señor, junto al santuario,
visitando las calles de mi aldea,
atestiguando que se enseñorea
tu reyecía invicta en el Calvario.

Los quisiera por Roma, peregrinos
de tu pascua naciente.Pregoneros
de que la Iglesia crece en entreveros
y en amores perennes, diamantinos.

Los quisiera de huéspedes en mi alma
celebrando Tu Primogenitura,
y esperar tu venida en la juntura
del trigo, de la vid y de la palma.

ANTONIO CAPONNETTO

miércoles, 26 de marzo de 2014

Editoriales


UN VACIAMIENTO QUE DUELE
 
 
Andan excitadas las izquierdas con ocasión del cuarto de siglo del desdeñable Proceso. Y en las calenturas de seseras o de trasterías, que no caben aquí mayores distingos, sólo atinan —como el marrano en la porqueriza— a hozar la tierra confundiéndola con sus heces. Nada diferente a lo que siempre han hecho. Y aunque el montaje fraudulento debiera resultar saturante por multimediático, y de credibilidad nula, lo cierto es que ocupan un espacio vital del poder político y desde allí manipulan la realidad a su arbitrio.
 
Preocupan en cambio las actitudes y respuestas de los hombres de armas. Acorralados, acomplejados y sometidos por aquellos a quienes no supieron vencer, oscilan entre la pusilanimidad y el desatino, entre envíos de clemencias que el enemigo no quiere recibir, puesto que sigue en operaciones, llamados a una reconciliación vacua de la que se ríen los protervos, y profesiones de credos democratistas, a cual más indignante. Que a un confeso agente terrorista se lo considere hoy fuente lícita de incriminaciones e interlocutor válido de las cuestiones castrenses, es triste ejemplo de la declinación que retratamos. Que a un juez oportunista y condescendiente con el reclamo de las células subversivas, se le dispense un trato amical y lisonjero, también lo es. Que al ministro de Defensa se le acepte ahora la división dialéctica entre el viejo Ejército culpable y el nuevo políticamente correcto, corrobora y ratifica la inconsistencia alcanzada. Porque aquel subversivo cínico y fatuo no merece el tratamiento de fiscal de la República, sino la cárcel estrecha y dura. Y el magistrado acomodaticio no merece convites especiales a celebraciones sanmartinianas, sino lecciones de probidad. Y el alguacil mentado no merece aplausos aprobatorios, sino que se le exhiba el orgullo actual de la milicia por sus gloriosos combatientes del pasado, caídos en la guerra justa contra los rojos, y sin voces que los recuerden. Puesto que guerreros hubo que bien lucharon, sin manchar sus uniformes ni sus almas.
 
El vaciamiento de las Fuerzas Armadas es un hecho. Basta ver las guarniciones desmembradas, los presupuestos escuálidos, los sistemas defensivos deteriorados, las fronteras raleadas, los proyectos misilísticos abandonados, el envejecimiento del material bélico, la inanidad frente a las agresiones internas y externas. Basta ver las misiones de paz al servicio del Nuevo Orden, la pleitesía para con los saqueadores de nuestras propiedades australes, los programas de estudio en los institutos de formación superior, inficionados de liberalismo y de modernismo, la supresión de la obligación juvenil de servir bajo bandera.  Basta ver —y esto es lo más trascendente— la ausencia de una mística épica y cristiana en la formación de la tropa, la supresión de toda doctrina contrarrevolucionaria en la instrucción de los oficiales, el despojo intencional y deliberado de cualquier sesgo tradicional y nacionalista, de todo código de honor, de reconquista y victoria. Porque el plan vaciador y destructor que se viene ejecutando, no apunta primero a la inmovilización física, sino a la desmovilización espiritual. No al desarme corpóreo, sino antes el de las mentes y los corazones. No al proverbial paredón popular, sino al suicidio inducido, como en los Demonios de Dostoievsky.
 
Sería tuerto que en esta visión de tamaños males que estamos reseñando recayeran las culpas, en exclusiva, en los tres últimos presidentes civiles, marionetas visibles y despreciables de la plutocracia y del gramscismo. Hay que ir más atrás: al menos hasta el “profesionalismo aséptico” de la Revolución Argentina, y la falacia procesista de “la democracia moderna, eficiente y estable”, como non plus ultra de las Fuerzas Armadas. Hay que ir hasta los que prefirieron la fidelidad a Yalta a los muertos del Belgrano. Hasta los que consintieron en tomar prisioneros a sus propios camaradas que reclamaron la dignidad perdida en cien vejaciones. Hay que ir hasta el rostro desencajado de traiciones de Balza, y las declaraciones de Brinzoni del 26 de noviembre de 2000, regocijándose de que pareciera “más un economista que un general”, y de que en el futuro, pueda ser general “un profesor de bellas artes o un licenciado en psicología, sin haber pasado por el Colegio Militar”. Hay que ir hasta este hoy luctuoso, en el cual, el aberrante modelo económico —que ha hecho todo lo necesario para justificar una escalada guerrillera— nada hace para reconstituir el brazo armado que debería reprimirla, sin que tal situación parezca incomodar a los jefes castrenses.
  
Era común que la guerrilla de los setenta, al intentar el copamiento de una unidad militar, cometiera la hipocresía de gritarles a los conscriptos que se rindieran, que se quedaran quietos, pues con ellos “no era la cosa”. Este criterio indigno para desinvolucrar y desarraigar al tropero de su Arma y enfrentarlo a sus superiores, recibió una vez la memorable respuesta de un criollo de ley, apenas veinte años, en Formosa y el uniforme raso. Para más señas, Hermindo Luna llamado: “¡Aquí no se rinde nadie!, le contestó al marxista, y a poco la muerte recibida como un sacramento inesperado.
 
Te dicen lo mismo ahora, soldado. Te dicen que contigo no es el problema, pues has lavado las culpas en las nuevas Fuerzas, democráticas, mixtas, internacionalistas, y pacíficas. Te dicen que nada de epopeyas, ni de extremos que pudieran apasionarte, ni de arquetipos que te instalaran al testimonio de la Fe y de la Patria. Y te lo dicen, no sólo quienes desde sus actuales cargos bien rentados, asesinaron antaño a sus camaradas, sino quienes debieras ver en la vanguardia de la defensa altiva del honor conculcado. Y te lo dicen además, mientras el escarnio no cesa, ni la calumnia arredra, ni la mentira acaba, ni el vaciamiento termina, y el vasallaje ofende y las izquierdas desbordan. Y bien: contigo es la cosa. Porque es con la Patria, y le pertenecemos. Y si ya no la sientes propia, será la señal de tu anonadamiento y flaqueza.
 
Ha de llegar el día de batirse por lo Permanente. Los campos ya están trazados, los contingentes divididos, las expectativas tensas. No equivoques la bandera y la divisa. No olvides la respuesta: “aquí no se rinde nadie”. Ni todavía la Cruz, el rosario y el escapulario, como querían San Martín y Belgrano. No olvides la plegaria y la memoria alerta. Y no olvides, soldado, de llevar encima, en esa cicatriz del hombro fusilero, una copla de amor, por si nunca regresas.
 
Antonio Caponnetto
 
Nota: Este editorial pertenece a “Cabildo”, tercera época, Año II, Nº 14, de marzo de 2001.
 

martes, 25 de marzo de 2014

Derecho$ Humano$


EL NEGOCIO DE LA INDEMNIZACIÓN A FAMILIARES DE TERRORISTAS
 
 
Después del escándalo abierto en el campo dela izquierda a raíz de la importante suma en dólares que el Estado argentino deberá abonarle al padre de la guerrillera montonera Dagmar Hagelin, desaparecida el 27 de enero de 1977, comenzó a producirse una verdadera cascada de novedades en torno del importante negocio en que se ha convertido la política de indemnizar a los parientes de los terroristas que resultaron muertos o desaparecidos durante la guerra.
 
El caso, doblemente grave desde el punto de vista moral, político y económico, viene a confirmarse en el preciso momento en que el gobierno anuncia y repite la necesidad de ajutar los gastos e invita a la ciudadanía a imponer una austeridad a rajatabla que ya se percibe en el menor consumo y el inicio de una preocupante recesión.
 
Pero vayamos por partes. En lo que da en llamarse “el caso Hagelin” se conoce con bastante exactitud que Dagmar, la guerrillera argentina de madre sueca y padre chileno, había asesinado a balazos a dos agentes de policía durante su trayectoria en la banda Montoneros y que su apresamiento se habría logrado gracias a los buenos servicios de otra subversiva llamada Susana Burgos. Ésta actuó como entregadora durante un operativo del que logró escapar María Bergés, una de las sobrevivientes de la tragedia de Trelew, luego de la fuga de Santucho y otros importantes subversivos de la cárcel de Rawson en 1972.
 
Pasó un tiempo hasta que Ragmar Hagelin —el ciudadano chileno padre de Dagmar— se presentó en 1978 ante el capitán de navío Julio Santoianni, jefe de gabinete del entonces canciller argentino, almirante Oscar Montes, a los efectos de “cumplir lo indicado por el embajador de Suecia, interesado en el tema de la guerrillera”, es decir, de su hija. Hagelin señaló que su presencia obedecía exclusivamente a la indicación del diplomático (!), habida cuenta de que solamente conoció a Dagmar durante los primeros meses posteriores a su nacimiento, circunstancia que justificó porque se había separado muy pronto de su mujer y perdido todo contacto con su primera familia. Palabras más, palabras menos, acotó entre reiterados pedidos de disculpa —“no quiero importunar”— que “jamás la conocí; sólo sé que Dagmar anda en malos pasos y malas compañías” e insistió en que “resido en Chile y jamás estuve en Suecia”.
 
Los acontecimientos separaron a este curioso episodio revelador, hasta que con un escenario modificado a partir de la presidencia de Alfonsín, una escalada de argumentos bien planificados transformaron a la terrorista argentina en una inocente sueca desaparecida y en un importante ingrediente de la campaña desatada contr los alcances y resultados de la guerra antisubversiva. Pero el caso tomó un giro imprevisto al conocerse que el chileno, devenido en ciudadano sueco por su casamiento en segundas nupcias con una ciudadana sueca que le permitió adquirir la doble nacionalidad de acuerdo con las leyes del país, cobró en carácter de indemnización una suma aparentemente cercana al millón de dólares, pero ocultada a la opinión pública por causas misteriosas. A partir de ese momento el tema de la muerte de Dagmar pasó a un segundo plano: lo que ahora está en juego es la repartija del dinero. Por un lado, el activista abogado de causas izquierdistas Marcelo Parrilli, se considera con derecho a participar de una tajada importante de esa suma por haber sido quien desde 1991 piloteó con bastante éxito los reclamos pecuniarios de Hagelin padre, pero resulta que éste lo despidió sobre el filo de la sentencia que finalmente resultó favorable, para reemplazarlo por dos abogados vinculados estrechamente con el poder: Aníbal Ibarra González y Rolando Aníbal Ibarra, padre y hermano, respectivamente, del legislador porteño por el FREPASO y candidato a jefe de bobierno porteño por la gobernante Alianza. La casualidad —digámoslo así— hizo que ni bien estos profesionales tomaron en sus manos la causa Hagelin, se concretara la resolución económica que mezcla lo ideológico con lo pecuniario y posiblemente con la arbitrariedad. Dicho sea de paso, la “indemnización” otorgada al chileno-sueco es varias veces superior a la que perciben otros familiares de guerrilleros, con el agregado de que, furioso, Ragmar rechazó con éxito que le pagaran con bonos, para lo cual obtuvo el respaldo de la APDH que se jugó en contra de los contribuyentes argentinos.
 
Frente a este cuadro sucio y deleznable nacido durante el alfonsinismo, continuado con el menemismo y prolongado en un gobierno que quiere sustentarse en la honestidad como factor convocante para revertir el ánimo decadente que provoca la extendida corrupción, cabe preguntarse hasta dónde el Dr. De la Rúa puede ejercer su propia capacidad de maniobra, un tema que circula con insistencia entre varios de sus allegados que aseguran que no está totalmente de acuerdo con lo que ocurre. Cierto o no, si nos expresamos de esta manera se debe a que todos los días se acumulan indicios demostrativos de progresistas disidencias internas en el gobierno, donde por un lado puja el radicalismo tradicional y por el otro el que pretende presentarse como una renovación estancada en ideas superadas y alianzas que sólo llevan a esta clase de situaciones. En realidad,  el problema es mucho más contradictorio, pero por el momento lo que dejamos dicho es suficiente para entender que hay divisiones, descontrol e incertidumbre.
 
EL “GRUPO MAFALDA”
 
Como si esto fuera poco, ahora cobran mayor fuerza otras revelaciones cuyos detalles se acumulan en un profundo estudio que estallará en cualquier momento ante la opinión pública, que podrá enterarse minuciosamente de los exitosos negocios que dejan las “reparaciones” monetarias a favor de los deudos de los subversivos derrotados. Desde el campo de estos últimos y de los abogados que los asesoran —y les cobran— se intenta hacer crecer el número de muertos y desaparecidos, mientras los intermediarios que manipulan estos casos cobran jugosas comisiones por cada pago que concretan. Alcanzan al veinte por ciento de las sumas abonadas, además de un anticipo de doscientos dólares que los parientes de los subversivos deberán entregar a los abogados “especializados en Derechos Humanos” a modo de anticipo obligado. Solamente con los presuntos desaparecidos de origen español pero argentinos de nacionalidad, el ex fiscal del Proceso luego pasado al alfonsinismo con el cargo de juez de la Nación, Julio Strassera, maneja más de seiscientos casos que siguen su curso en medio de los aplausos y de la atmósfera creada por hombres relacionados con organizaciones extranjeras, como sucede, por ejemplo, con el ya conocido Luis Moreno Ocampo, quien recibe importantes pagos desde el exterior para “defender la democracia”.
 
Muchos de estos abogados conforman una estructura ideológica y empresaria que fue bautizada como “Grupo Mafalda”, cuya influencia en los organismos extranjeros y en los medios de comunicación es verdaderamente notable, lo que les asegura el manejo de estos asuntos donde las ideas se mezclan con los beneficios económicos expresados en medio de un verdadero estado de hipocresía que sistemáticamente se intenta ocultar a la opinión pública.
 
La situación se tiende a complicar y a esta altura de los acontecimientos la crisis tiende a deglutirse a sus actores que recurren —entre otras cosas— a la remanida denuncia ideologizada de los resultados de la guerra contra el terrorismo. A medida que se avanza en este proceso de descomposición, los argumentos utilizados pierden su eficacia y se deterioran más todavía con la difusión de sucesos casi morbosos como los que rodean al “caso Hagelin”, que pasará a ser uno más —solamente uno más— en el escenario de la decadencia argentina.
 
Carlos Manuel Acuña
 
Nota: Este artículo, tomado de “Otrosí” Nº 18, fue publicado en “Cabildo”, tercera época, Año I, Nº 6, abril de 2000.
 

lunes, 24 de marzo de 2014

Guerras Justas


UNA GUERRA AÚN ABIERTA
 
 
El general Brinzoni incurre —cuando formula nuevamente su propuesta de pacificación— en un error grave o en varios. Piensa en solucionar el enfrentamiento pendiente entre la Subversión y la Represión pensando en el futuro pero olvidando el pasado, al que pone entre paréntesis, e ignorando el presente, un pretérito trágico y una actualidad clamorosa. Parte así de una confusión y de una omisión suicidas. Porque el Enemigo está ahí, vivo, irreductible, al acecho. Nada indica que haya cambiado ni que se haya arrepentido ni que pretenda enmendarse. No reconoce culpa ni responsabilidad y sólo quiere justicia; claro: “su” justicia, que rezuma odio y venganza, utiliza una memoria tramposamente selectiva y no tolera ningún reproche. No quiere rendir cuentas como las que exige a sus vencedores y quiere que el pasado —en el que el terror fue elemento central y determinante de la vida política argentina— quede clausurado para siempre y sólo abierto para castigar la violencia que le fuera aplicada, puesto que se trató de una guerra. Pero entonces todo quedaría igual, excepto las Fuerzas Armadas, que merecerían ser sancionadas no se sabe hasta dónde ni hasta cuándo, y no sólo con el siempre postergable “juicio de la historia” sino con el más inmediato y dúctil de los tribunales de hoy, a cargo de magistrados “comprensibles”, empapados de la cultura mediática que ya ha dispuesto el castigo y distribuido las culpas. Juicio histórico que, además, quedaría —como ocurre con el poder judicial contemporáneo— a cargo de la Izquierda, victimaria, testigo, fiscal y juez de todo lo acontecido.
 
¿No es todo demasiado burdo? Pero aquí hubo una guerra; alguien atacó y otro se defendió. El que tomó la iniciativa cometió una injusticia y una impiedad y debe someterse a las consecuencias; en cambio el que respondió fue llevado a librar una guerra que no buscó y en la que, como en toda guerra, hubo aciertos y errores. ¿Cómo ponerse de acuerdo sobre esto, cómo proponer y suponer que tanto dolor se olvide, que tanta sangre se enjugue por un acto de voluntad que tiene más de resignación que de generosidad, de cansancio que de inteligencia? ¿Cómo, con qué derecho se pretende que el simple paso del tiempo —muy poco, por lo demás— haga que tanto mal se diluya por los canales de la indiferencia, que una guerra justa no produzca justicia, que los responsables del mal continúen actuando, que se igualen las actuaciones de uno y otros sin importar la bondad de la causa que cada cual defendía. Esto colocaría al país en una situación —para decir lo menos— de banalización; no se trata, en estas circunstancias en que la guerra sigue abierta —con otro nombre, con otras excusas pero casi siempre con los mismos apellidos— de un gesto de perdón sino de entrega, no habría grandeza sino deserción ni magnanimidad sino claudicación. Falta de conciencia histórica y política de parte de quienes inspiran semejante acercamiento que, por otra parte, es rechazado por la izquierda desarmada pero que ciertamente no ha renunciado a las armas. Incomprensión del pasado, frivolidad ante el presente, desinterés por el futuro. Las cuentas no están saldadas, la victoria dista de haber sido completa y, muy por el contrario, la guerra —que sigue abierta— está pendiente de factores no ya militares sino extramilitares, tanto coyunturales como estructurales y políticos como culturales.
 
La cúpula castrense acepta de un modo más o menos explícito dejar fuera de cuestión la bondad de su causa y la perversidad de la del Enemigo, al que empezó a ver y a tratar como a un amigo, como a un adversario con el que se puede (y hasta se debe) coexistir; y lo propone como un actor aceptable para la construcción de una gran política nacional. ¿Es posible, es admisible, es racional, es digno incorporar al cruel enemigo irreconciliable de ayer (que se niega a cambiar) en el diseño de nuestro porvenir? La izquierda, bajo mil disfraces, mil rostros, mil discursos, no ceja en sus propósitos y objetivos básicos, desde el poder y los poderes en que se ha infiltrado los sigue persiguiendo con otros métodos y bajo otras apariencias, éstos con la influencia, aquéllos no admitiendo más que el discurso único y obligatorio; unos con la emoción, otros con las falsas vías judiciales con el acompañamiento de los malos jueces. Ninguno quiere ni está dispuesto a perdonar ni a retirarse aunque esté militando en la escuela económica que antes decía combatir con la brutalidad del secuestro y del homicidio. Consiguieron que sus actos de horror se convirtieran (¡oh Madres, oh Abuelas!) en actos de heroísmo, o, quizá, en simpáticas locuras juveniles.
 
¿Y en qué pueden aportar, en la concepción de Brinzoni, estos dementes que no abdicaron de sus causas y que apenas ocultan sus métodos a los que gustan denominar “errores”? ¿Se puede convivir con estos salvajes irredentos? ¿Qué país saldrá de allí, de esa reunión de vencedores arrepentidos y de derrotados ensoberbecidos sin que ninguno parezca poder ubicarse ni comprender la naturaleza de su causa? Éste es el punto que no puede ser dejado de lado por un golpe de buena voluntad; por lo pronto, se requiere concurrencia de ambas partes que deben empezar a reconocerse como lo que son: enemigos. Éste sería un primer gesto racional para instalarse en la realidad y entonces —sólo entonces— los enfrentados puedan comenzar un diálogo que llegue a ser un principio de reconciliación. Pero tal reconciliación no puede darse sino a partir de la sinceridad y de la inteligencia en la visualización correcta de los factores en conflicto. Así uno y otro —con un mínimo de sinceridad— sabrán a qué pueden renunciar y qué pueden perdonar. Seguir el camino contrario es absurdo y rematará en el fracaso y en la injusticia. Nada hay peor —para las actuales y venideras generaciones— que pactar con el enemigo sin saber que lo es y que lo sigue siendo.
 
Álvaro Riva
 
Nota: Este artículo apareció en “Cabildo”, tercera época, año II, nº 14, marzo de 2001.
 

domingo, 23 de marzo de 2014

Signo de los tiempos


DEJATE “SINAGOGUEAR”
POR EL MUNDO
 
 
Amigo de neologismos y de chabacanerías, el Cardenal supo acuñar entre otras zarandajas, aquello de “dejate misericordear por Cristo”. Pero él —un exponente más del judeocatolicismo oficial, hoy dominante— ha preferido en principio, dar y recibir las ternezas de los deicidas.
 
Se cuentan por decenas los gestos judaizantes del Primado, de los que pueden dar clara y ominosa cifra su pública amistad con los rabinos Sergio Bergman y Alejandro Avruj, al primero de los cuales prologó su libelo “Argentina Ciudadana”, y al segundo entregó el Convento de Santa Catalina en noviembre de 2009 para que festejara la impostura de “La noche de los cristales rotos”. Y ambos hebreos, al igual que el prologuista Skorka, explícitos justificadores de la sodomía. El fantasma contranatura de Marshall Meyer los protege a todos, y a todos reúne bajo el humo desolador de Gomorra.(1)
 
Mas aquí estamos ante la segunda obsesión del Cardenal. Se ha impuesto probar su afinidad y su afecto con el mundo israelita; y no conforme con las definiciones eclesiales públicas dadas en tal sentido, abunda ahora en “El Jesuita”, en testimonios menores, intencionalmente escogidos para agradar al Sanedrín.
 
Los reporteros —a cuya tribal insipiencia teológica ya hemos aludido— le plantean como una objeción para la aceptación de la Fe Católica, el hecho de que “el principal emblema del catolicismo es un Cristo crucificado que chorrea sangre” (p. 41). “Usted no puede negar” —le reprochan cortésmente— “que la Iglesia destacó en sus dos milenios al martirio como camino hacia la santidad” (p. 42).
 
Cabían varias y bien sazonadas respuestas católicas, todas ellas partiendo del enfático rechazo de la infame petición de principios de los periodistas, según la cual, la sangre y el martirio son piantavotos, y eso explicaría el alejamiento popular de la Iglesia. Cabía una lección magnífica sobre “la sangre por amor a la Sangre” de Santa Catalina de Siena, y el valor incallable del martirio con efusión sanguínea para conquistar el Cielo por asalto, como rezan los Evangelios. Cabía, en suma, decirles a los escribas con sus propias palabras: “No, por supuesto, yo no puedo ni debo negar que la Iglesia destacó en sus dos milenios el martirio como camino hacia la santidad. Y no puedo ni debo negarlo porque es la pura y gloriosa verdad que la Iglesia siempre ha enseñado y siempre enseñará”.
 
Pero no; Su Eminencia no elige ninguna respuesta católica. Sostiene sin rubores que “asociar con lo cruento” al martirio, ligarlo con la idea de “dar la vida por la Fe”, es la consecuencia de que “el término [martirio] fue achicado” (p. 42). El peculiar “achicamiento” consistiría, nada más y nada menos, que en llevar hasta el extremo previsto y deseable las enseñanzas de Jesucristo: “Todo el que pierda su vida por mí la ganará” (Mt. 10, 39). Lo que para la Iglesia fue su corona; esto es, que el discípulo se asemeje a su Maestro aceptando libremente la donación de su propia vida, para Bergoglio es su empequeñecimiento, su reducción, su “achique”.
 
En consecuencia, él se inclina por “La Crucifixión Blanca, de Chagall, que era un creyente judío; no es cruel, es esperanzadora. A mi juicio es una de las cosas más bellas que se pintó” (p. 41). Esta “cosa más bella”, según declaró el mismo artista en 1938, es un Cristo rodeado de ornamentos, personajes, objetos y simbolismos judaicos en homenaje a las víctimas de los nazis, quienes expresamente aparecen como los verdugos del Señor, por ser judío. En la línea de otros dogmáticos de la Shoa, el cuadro de Chagall desplaza el centro del holocausto, de Jesucristo a las presuntas víctimas de Hitler. Se trata, pues, de una profanación hebrea del Santo Sacrificio de la Cruz. Pero para Bergoglio es “La” pintura (p. 120).
 
En la misma línea ideológica, y para seguir avivando el fuego semita, Su Eminencia sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el terreno moral.
 
Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, afirma que “antes se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de muerte] o, por lo menos, que no la condenaba”. Pero ahora en cambio, merced al progreso de la conciencia, se sabe que “la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte” (p. 87).
 
Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la pena de muerte —que aparece taxativamente exigida como tal, tanto en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de doctrineros católicos y de textos pontificios— debe percibirse como un déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la luz. Lo mismo se diga de las sociedades. Cuando “la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano” (p. 88).
 
Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho, que lo valore inherentemente, sino por la evolución de la conciencia, tanto la Iglesia como la Humanidad saben hoy que la pena de muerte debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que protestara Maritain en “Le Paysan de la Garonne”. Pero entonces, ¡cómo no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de muerte, incluso “un crimen tremendo”! ¡Cómo no maldecir los tiempos eclesiales y sociales en los que la  conciencia aún juzgaba que bajo determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la aplicación del castigo capital!
 
Éste era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo explicar al interesado: “Uno no puede decir: «te perdono y aquí no pasó nada». ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente” (p. 137).
 
El pequeño detalle —advertido precisamente por los kelsenianos de estricta observancia— de que “la ley de ese momento”, vigente positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis, se le olvida al Cardenal. El otro detalle más “pequeño” aún, de que en Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración jurídica por aplicar, ni derechos humanos de los acusados por conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir, tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento atroz para los germanos no fue “la reparación que la sociedad exigió” sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki, ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. “Era la ley de ese momento”, caramba. La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.
 
El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del judeocristianismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos, supuesto que le acometieran. “Hace poco” —les confía a sus socios biográficos— “estuve en una sinagoga participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que nos recordaba: «Señor, que en la burla sepa mantener el silencio». La frase me dio mucha paz y mucha alegría” (p. 151).
 
Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada de los negadores de Su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por objeto, pero Dios no se deja burlar (Gál. 6, 7). Y el día en que regrese en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir Marechal cuando mentaba en el Altísimo “la vara de hiel de su rigor”.
 
Antonio Caponnetto
(Tomado de su libro “La Iglesia traicionada”; fragmento del segundo capítulo, “El jesuita”)
 
 
(1) El Cardenal Bergoglio está directamente ligado a una multinacional sionista, la Fundación Raoul Wallenberg, de la que recibió una distinción honorífica el 30 de marzo de 2004. Entre los miembros argentinos de dicha agrupación se cuentan conocidos exponentes de la izquierda gramsciana como Francisco Delich o Adolfo Gass, blasfemos profesionales como Marcos Aguinis, cipayos como Carlos Escudé, o simples corruptores del cuerpo social como Alejandro Romay. Quede constancia de que todos estos datos son públicos, y de que cualquiera puede acceder libremente a ellos buscando la web oficial de la precitada Fundación Wallenberg. El 28 de febrero de 2006, el Cardenal Bergoglio recibió a los miembros de esta Fundación en la Catedral Metropolitana, en una ceremonia pluri-religiosa, en la cual, entre otros propósitos, se le rindió homenaje a Monseñor Quarracino (cfr. Zenit, 8 de marzo de 2006).
    
  
(He aquí el cuadro de Chagall mencionado en el texto anterior).

viernes, 21 de marzo de 2014

Dulce Francia, parte II


MECAGOENFRANCIA
 
Los países que demostraron amistad desde el primer momento a la España nacional fueron Portugal, Italia, Alemania y Guatemala. El Gobierno francés se volcó por los rojos en cuanto sonó el primer tiro y aún antes. Esto, y aquellos letreros de “Café con vistas a la guerra de España”, que exhibieron algunos establecimientos de la frontera cuando el avance de Beorlegui hacia Irún, bordeando el Bidasoa; y los aviones de Pierre Cot, y los infinitos asesinatos cometidos por Marthy, Thorez y demás gentuza del comunismo gabacho, y las señales que desde Biriatou se hacían a la artillería roja y, en fin, una porción de asuntos del mismo pelaje, le restaron simpatía a nuestra vecina en la zona nacional. Popularmente Francia tenía la culpa de muchas de nuestras desventuras —asunto que también es defendible desde el punto de vista histórico— y los poetas del parapeto lo sabían y lo cantaban, como aquel Fernando Fernández que envió una gavilla de jotas navarras al Arriba España de Pamplona (5 de mayo de 1937, cara a Vizcaya, contraataques por Bermeo), de la cual extraigo ésta, tan ingenua y sincera:
 
España, jardín de flores,
combatimos por la Causa
de lo que son responsables
esos canallas de Francia.
 
Yo no sé qué avispado comerciante se sacó el invento de la cabeza, pero desde aquí levanto mi tapa craneana en honor de su ingenio. Puso en una tira o pasador las siguientes banderas: la Nacional, la de Falange, la del Requeté, la de Italia, la de Portugal, la de Alemania, la de Guatemala, y a partir de aquel momento no hubo ciudadano que no se colocara aquel distintivo en la solapa o en el uniforme. Sobre el uniforme quedaba particularmente bien. Condecoraba en un tiempo en que no había condecoraciones. Estaba en los escaparates alternando con lo mejor de lo mejor. “Había gorros y gorras de todas clases, sutás dorado, verde, verde y oro, rojo, rojinegro, blanco, cordones de ayudante, cordones de mando con bellotas aúreas, estrellas de plata y oro, insignias, flechas, lises, distintivos, galones. También medallas. Estaba la de Sufrimientos, el meticuloso bordado de una laureada y una M. M. colectiva —“se admiten encargos”, rezaba un cartelito—, otras que no conocía, el clásico «mecagoenfrancia», y la M. M. y la Laureada de verdad, y aquello sí que eran dos pasquines de alivio, el durazo plata y el huevo frito”.
 
Cuando alguien llegaba del frente y veía aquello, lo primero que hacía era decir:
 
— Es majo.
 
— Sí, ¿verdad?
 
Luego venía la pregunta:
 
  Oye, ¿dónde venden eso?
 
Se le indicaba.
 
— ¿Y cómo lo pido?
 
— Basta con que digas: “Buenas, deme un «mecagoenfrancia», por favor”.
 
Rafael García Serrano
(tomado de su excelente libro “Diccionario para un macuto”)